DIVERSIDAD EN NUESTRAS AULAS

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El aula del siglo XXI…

Demos un pequeño repaso a la historia de la escuela pública en nuestro país y llegaremos, con algo de fortuna, a comprender la definición y significado de lo que entendemos por “aula” pues no se trata simplemente de una sala donde un profesor imparte lecciones a los alumnos mediante su disertación con una pizarra o cualquier otro medio didáctico que facilite y enriquezca sus explicaciones ya que este acto podría ocurrir en la orilla de la playa o en medio de un campo. Así que podríamos atrevernos a decir que un aula es cualquier sitio adecuado para que se haga posible el maravilloso “milagro” de la enseñanza-aprendizaje.

La escuela pública de nuestros abuelos e incluso la de nuestros padres no se parece en nada a la nuestra. Prácticamente hasta la década de los sesenta, en los pueblos solo se conseguían estudios primarios lo que condenaba al niño estudiante, casi siempre, a ser como su padre o como su madre que también fueron a la misma escuela, es decir, las chicas unas buenas amas de casa y los chicos emplearse en la actividad agraria, ganadera o industrial de la localidad. En las capitales de provincia se disfrutaba, en cambio, del privilegio de ir al instituto e incluso de dar el “gran salto” a la universidad lo que determinaba que ese estudiante pudiera rebasar a sus padres en educación, conocimientos y habilidades para vivir de otra forma la vida cambiando por completo el paisaje de su existencia.

Así que la escuela pública (sin ahondar en determinantes políticos y sociales) tenía como objeto en los pueblos, dotar de una enseñanza elemental a sus habitantes, consistente en saber leer, escribir y adquirir habilidades básicas aritméticas para poder contar y tener una idea simple del dinero y las finanzas. Eran los profesores de religión –tanto en el pueblo como en la ciudad– los encargados de encauzar a los alumnos por “el buen camino” de la moral católica y las costumbres… esa suerte de pedagogía endogámica “atrapaba” para siempre a los estudiantes en su pueblo y solo el reclutamiento militar o la emigración laboral les daba la “oportunidad” de conocer otras ciudades y a otras gentes. Esta era la escuela pública en los pueblos, no daba para más… En las capitales de provincia, sin embargo, el mismo sistema educativo estaba obligado a proporcionar a la gran ciudad los profesionales necesarios y capacitados para la administración creciente, la industria en desarrollo, los hospitales en construcción y la necesaria educación en una sociedad en plena reestructuración que comenzaba un cierto despegue económico y necesitaba de técnicos y personal cualificado de todas las categorías.

Así que partiendo de esta descripción social, muy alejada de la escuela privaday las clases más favorecidas, podemos imaginar el aula de nuestros abuelos prácticamente como un barracón religioso-militar en la que orden obedienciaestaban por encima de todo a la hora de recibir el “privilegio estatal” de un título de “graduado escolar” en los pueblos y un bachillerato o incluso una carrera universitaria en las capitales de provincia. Esta es pues, el aula a la que me refiero y es su evolución la que quiero describir. Veamos como evoluciona el aula de los años sesenta, anclada en el panorama normativo de una época, prácticamente de posguerra, que apenas destinaba recursos a la educación pública, en la que un alumno no tenía nada que decir y el profesor se limitaba a “dictar” un exiguo plan de estudios con libros doctrinarios y obsoletos que empobrecían la vida intelectual y económica de la comunidad escolar pública a extremos de retratar indignamente al maestro en “las viejas canciones para después de una guerra” como un pobre de solemnidad con aquel refrán que decía: “pasa más hambre que un maestro de escuela…” Estoy recordando a todos que había una escuela para niñas y otra para los niños, un instituto en las ciudades para los chicos y un instituto femenino para las chicas… por lo tanto, dos aulas muy distintas…

Merece en justicia mencionar Ley General de Educación de 1970 que fue una de las cosas que medianamente bien se hicieron en este país en el ámbito de la educación, sobre todo, por su altura de miras pues reflejaba una visión de conjunto del sistema educativo y en materia de FP se consiguieron logros muy importantes. También supuso la ampliación de la red de centros de secundaria por todo el territorio nacional, siendo un avance significativo en su política educativa a pesar de haber sido elaborada y promulgada por un gobierno no democrático.

Entremos pues en el aula del siglo veintiuno y el asunto que voy a tratar es “delicado” porque en plena era de las tecnologías de la información es tal nuestro retraso que el paisaje del aula de hoy, a pesar de su diversidad, refleja una escuela tan arcaica como aquella de los sesenta. En mi modesta opinión, la disparatada política educativa de los gobiernos del franquismo, fue el producto de las idea obtusas de unas clases dominantes que nunca entendieron que el desarrollismo económico solo sería posible con una buena formación de los cuadros intermedios tanto en el área administrativa como en la técnica y unos trabajadores especializados y competitivos capaces de ofrecer productos de calidad acordes con los adelantos técnicos de una sociedad española cambiante que buscaba su sitio en la Europa naciente. Si las clases favorecidas vivían en los sesenta su mundo privado, con sus hijos en la escuela privada destinada a formar a los dirigentes futuros de la sociedad y olvidando -por no decir ignorando- los recursos humanos indispensables para una “empresa moderna” capaz de crecer en una economía de competición en la sociedad democrática, los gobiernos de hoy se incorporan de una forma “demasiado lenta” al proyecto educativo y adolecen ahora de ese mismo “lastre interpretativo” de la educación pública como determinante para una economía global que requiere de un aula eficiente con un proyecto europeo educativo que genere un “nuevo ciudadano” con un perfil que solo puede explicarse con una nueva escuela para el siglo veintiuno.

El aula del siglo XXI de la que hablo, en la que yo imparto clase ahora, no es homogénea ni social ni económicamente. Los chicos y las chicas estudian juntos, no está anclada en su terruño porque muchos de sus componentes han podido utilizar modernos medios de comunicaciones aéreas, marítimas y terrestres, muchos son inmigrantes y otros “desplazados” sociales y hasta marginales. El aula de hoy no tiene nada que ver con aquella escuela de los sesenta,enormemente estable y anclada en la tradición cultural española. El aula en la que doy mis clases no está sometida a adoctrinamiento ni es monocroma sino que es muy diversa, con una población estudiantil heterogénea, multicolor, con lengua materna distinta, con otras costumbres, religiones y dioses distintos, distinta cultura alimentaria y todo ello “aderezado” con una extraordinaria influencia de los medios de comunicación de masas con sus modas, sus musicas de fusión y sus artilugios de comunicación que, paradójicamente, convierten al alumno en un “estudiante globalizado” sometido a una hiperbólica producción de imágenes violentas, a una sobre saturación de mensajes publicitarios y a una suerte de “filosofía subliminal” capaz de distorsionar gravemente su proceso educativo.

No es pues un aula estable porque tiempo atrás el alumno sabía que un título académico era la mejor certificación para obtener un buen empleo y sabe que ahora, incluso en el mejor de los casos, la escuela no garantiza nada para ellos sumergiendo sus sueños de consumo y bienestar en una idea oscura sobre su futuro. El alumno de hoy no es ajeno a la crisis económica cíclica y permanente que nos angustia en los informativos y en la realidad de la calle; una crisis que percibe en su propio hogar con un cúmulo de problemas que condiciona el ambiente de su domicilio y determina su sociabilidad en el aula.

En este aula de hoy, creo, se hace necesaria una formación urgente para todo el personal docente ante este nuevo paisaje generador de otros nuevos conflictos. Profesores que sean capaces de transmitir a los alumnos que el disfrute de todos sus derechos les obliga a aceptar las normas de convivencia y, sobre todo, a aprovechar la oportunidad que la sociedad les ofrece para formarse, adquirir conocimientos e integrarse en una sociedad enormemente competitiva y compleja en la que tendrán que vivir su vida.

En el IES San José de Cortegana hemos comprendido todo esto y llevamos unos años teniendo en cuenta todas estas circunstancias personales y académicas de nuestros alumnos, sus anhelos y sus desengaños, sus sueños y sus pesadillas. Trabajamos para explicarles la dureza de la vida y también las grandes oportunidades que les esperan si se preparan bien y viven su vida académica como una gran aventura escolar de conocimiento entre sus compañeros de clase y para ello es necesario posibilitar un grado óptimo de convivencia en el centro.

Sabemos que nos queda mucho camino por delante pero lo más importante ya lo hemos conseguido: hemos descubierto que el éxito de nuestro trabajo solo es posible si ponemos toda nuestra inteligencia y todo nuestro conocimiento profesional en este proyecto en marcha que requiere de la implantación de estrategias pedagógicas y didácticas de carácter científico para enseñar en esta nueva escuela y, sobre todo, hemos entendido que se puede conseguir una nueva visión del “arte de enseñar” para gestionar el aula.

David Romero Martín (Jefe de Estudios del IES San José) Cortegana- HUELVA
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